Somos ciegos por 40 minutos al día

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Aunque parezca extraño, diariamente somos ciegos por, al menos, 40 minutos; basta con hacer una prueba: párate frente a un espejo sin moverte y mira a tu alrededor moviendo solo los ojos; mira hacia todas las direcciones: arriba, abajo, derecha e izquierda. Luego mira, a través del espejo, un ojo y después el otro.

El reflejo esta justo allí, pero en independencia de cuánto lo intentes, no podrás ser capaz de ver el movimiento de tus ojos.

Esto se debe a que cuando nuestros ojos están en movimiento, a pesar de que no nos demos cuenta, nos quedamos ciegos por unos segundos; esto es lo que se conoce como enmascaramiento sacádico.

Perdemos la visión miles de veces al día

La verdad es que el movimiento y la visión humana son dos fenómenos que no compaginan totalmente. Los objetos en movimiento, como los trenes o las patas de los caballos cuando están corriendo, se ven borrosos. Así, cuando nos movemos a gran velocidad, el mundo que nos rodea comienza a difuminarse.

Sin embargo, siendo esto así, teóricamente nuestra visión debería ser borrosa cada vez que moviésemos los ojos, lo cual sería bastante desafortunado, puesto que estaríamos mareados constantemente.

Para contrarrestar esto, nuestro cerebro ha evolucionado para evitar este desenfoque constante; específicamente, a nivel cerebral el proceso de percepción visual se apaga en tanto los ojos están en movimiento, reiniciándose inmediatamente cuando vuelven a estar quietos.

Este enmascaramiento es prácticamente imperceptible, pues tiene una duración aproximada de 50 microsegundos, pero es tan intenso que podemos dejar pasar eventos visuales de magnitud importante, tales como el destello de una luz.

Este periodo de tiempo puede parecer insignificante, pero, teniendo en cuenta que el proceso de enmascaramiento visual ocurre miles de veces al día, en total, podemos estar ciegos durante unos 40 minutos diarios

¿Por qué ocurren estos momentos de ceguera?

La visión es uno de los sentidos más importantes para la especie humana, no por nada existe el refrán “ver para creer”; en este sentido, depositamos demasiada confianza en nuestros ojos, pero la realidad es un poco más complicada.

Basta prestar atención a las ilusiones ópticas, en las que nuestra visión termina engañándonos, para hacernos conscientes de la situación. No obstante, en la vida cotidiana, a pesar de que creemos que percibimos la realidad en alta resolución y de forma continua, tal como vimos anteriormente, inconscientemente nos perdemos algunos momentos.

Para entender esto, debemos tener en cuenta que existe una brecha constante entre lo que percibimos y la estimulación visual en bruto que entra en nuestros globos oculares.

Antes de percibir un objeto, nuestro cerebro debe integrar la información recibida de ambos ojos en una sola imagen, compensando de la mejor manera los puntos ciegos naturales y la información perdida del campo visual.

Así, durante el enmascaramiento sacádico, el cerebro sigue controlando el proceso de percepción, solo que ese control es un poco más estricto de lo normal. Adicional a los procesos de edición visual, edita la percepción del tiempo.

En otras palabras, ante los movimientos oculares sacádicos, es decir, cuando movemos rápidamente los ojos al pasar de un objeto a otro, no miramos la escena de forma estática, sino que nuestros ojos se mueven haciendo una panorámica de la misma.

De esta forma, cada vez que movemos los ojos, la información que reciben durante la fracción de segundo que dura el movimiento, es borrada del cerebro y se sustituye por la siguiente cosa que vemos, de forma que ni el movimiento del ojo, incluyendo el desenfoque posterior de la imagen, ni el movimiento brecha en la percepción visual, son perceptibles para nosotros.




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