Descubren el “reloj cerebral”

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Una hora puede parecer eterna si se pasa haciendo las tareas de la casa o fugaz si transcurre durante una celebración divertida. También solemos valorar una película por lo rápido que se nos ha pasado el tiempo mientras la veíamos. ¿Pero por qué?

Esto es algo que cualquier persona ha podido comprobar. Sin embargo, la causa biológica de esta subjetividad temporal es una total desconocida para los científicos. O al menos lo era hasta ahora, pues un equipo de investigadores del Instituto Kavli para la Neurociencia de Sistemas, en Noruega, acaba de publicar en Nature un estudio que apunta a una zona muy concreta del cerebro como respuesta al misterio.

Del espacio al tiempo
En 2005, los hermanos May-Britt y Edvard Moser descubrieron la zona del cerebro encargada de procesar el espacio. Se trataba de las células de red, un tipo de neuronas localizadas en la región del cerebro conocida como corteza entorrinal medial (CEM). Allí, se producen unos patrones de actividad neuronal muy claros y organizados, fácilmente predecibles.

Sin embargo, resulta muy diferente el caso de la región cerebral inmediata a esta, llamada corteza entorrinal lateral (CEL), en la que la actividad neuronal cambia continuamente, sin ningún patrón definido. Además, mientras que para entender la corteza entorrinal medial bastaba con observar una o unas pocas células, en la región vecina parecían intervenir un gran número de ellas al mismo tiempo.

Dos años después del hallazgo inicial, que le valió a los Moser el premio Nobel de Medicina en 2014, se unió a ellos el entonces doctorando Albert Tsao, en busca de respuestas para la función de la corteza entorrinal lateral.

Con el paso de los años, comprendieron que el fenómeno procesado en esta región cerebral era el tiempo y que precisamente por eso mantenía una actividad inestable, ya que la percepción temporal cambia continuamente, según el contexto.

Con el fin de comprobarlo, llevaron a cabo un experimento protagonizado por una rata amante del chocolate, llamada Marco.

En una primera fase, Marco tuvo que caminar libremente por una cámara en la que se habían depositado algunos trocitos de chocolate, a la vez que grababan su actividad cerebral en la corteza entorrinal lateral. Dos horas después, los investigadores analizaron la grabación y comprobaron que se trataba de una sola señal, muy clara y definida, en la que se podía adivinar exactamente en qué momento se habían dado situaciones clave, como encontrar los pedacitos de su codiciado dulce.

A continuación, introdujeron a Marco en un laberinto, en el que debía aprender a girar a izquierda y derecha, hasta encontrar el chocolate. En este caso, se produjo un patrón neuronal de señales repetitivas, que incluso se solapaban en algunas ocasiones.

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